Doce y contando


Voceros de la comunidad jesuita en México le enviaron un fuerte mensaje al presidente de la República a raíz del asesinato artero de dos sacerdotes en Cerocahui, Chihuahua, donde un conocido hampón que mantiene asolada la zona les dio muerte junto a un guía de turistas y también ‘levantó’ a otros dos hombres.

Los abrazos ya no alcanzan para cubrir los balazos, declaró el sacerdote Javier Ávila durante la misa de despedida de los padres Joaquín César Mora Salazar y Javier Campos Morales que fueron acribillados a tiros por un enloquecido sicario conocido como ‘El Chueco’. Obispos de 24 regiones del país publicaron un desplegado cuestionando la política de seguridad pública del gobierno federal.

En ese mismo tenor, la comunidad periodística también podría enviar un mensaje en el sentido de que los otros datos ya no alcanzan para cubrir los balazos.

Ayer fue asesinado a tiros el periodista tamaulipeco Antonio de la Cruz, y junto a él cayeron heridas su esposa y su hija y los últimos informes las reportan con vida.

Con Antonio de la Cruz suman 12 asesinatos de periodistas en lo que va de este año, y a estas alturas, por trágico que parezca, que se encuentre y castigue a los responsables ya parece menos importante que detener la ola de crímenes contra comunicadores en México, que no parece tener fin.

En el caso de los religiosos que exigieron al presidente cambiar su política de seguridad a la que consideraron fallida, éste respondió que ‘algunos’ de ellos “están apergollados por la oligarquía mexicana”.

Previsible en el discurso presidencial, la respuesta pone en la mira a jerarcas de la iglesia que efectivamente han hecho de su ministerio un tianguis de indulgencias para quien puede pagarlas, pero invisibiliza a una mayoría que, como en el caso de los sacerdotes en Cerocahui, llevan su trabajo a los linderos del sacrificio, ayudando a las comunidades más pobres en las condiciones más precarias.

Uno de los sacerdotes asesinados en Cerocahui, Javier Campos, conocido como ‘El padre Gallo’ profesaba su fe desde la opción por los pobres y se declaraba seguidor de monseñor Oscar Arnulfo Romero, salvadoreño, teólogo de la liberación, identificado con los movimientos guerrilleros de Centroamérica en la década de los 70 y 80.

Ni él ni ‘Morita’, como conocían a Joaquín César Mora, caben en la definición presidencial sobre los curas ‘apergollados por la oligarquía mexicana’, pero tal definición le resulta muy conveniente a López Obrador para reforzar su narrativa polarizante.

De acuerdo con datos del Centro Católico Multimodal, en 2019 asesinaron a un sacerdote; en 2021 a tres y este año van otros tres.

En el caso de periodistas, este año van 12 asesinad@s.

Este primero de julio, cuando el presidente celebre el cuarto aniversario del triunfo electoral que lo llevó a cruzarse la banda tricolor al pecho, explicará sus razones de por qué no va a cambiar su política de seguridad.

Muy triste, de verdad.

Y ojo, en el reduccionismo ramplón con que suele reducirse el debate nacional a dos grandes campos en los que solo caben en un lado los buenos (ellos, los del gobierno) y del otro los malos (todos los demás), suele suponerse que cuando se pide cambiar la política de seguridad, también simplificada en la frase ‘abrazos no balazos’, lo que se está pidiendo es que comience la masacre al estilo Felipe Calderón. “Que se dispare desde los helicópteros”, en las palabras del actual presidente.

Y no, no es eso lo que se está pidiendo. Solo que el Estado haga uso de su prerrogativa del monopolio de la violencia legítima para contener al crimen organizado; para detener y enjuiciar a los criminales, para frenar su escalada de violencia que ya suma cientos de miles de asesinatos y un clima de terror del que no se salva casi nadie.

No tiene ni caso (ni alcanza el espacio) para citar los ejemplos cotidianos que configuran un mosaico de estampas de horror: baleados, colgados, decapitados, descuartizados. Hombres, mujeres y niños; profesionales, estudiantes, sacerdotes, periodistas.

Si así es el deseo presidencial, pues también le echamos la culpa a Calderón y al régimen neoliberal, pero eso no alcanza ya para lavar la sangre, enterrar los muertos y curar las heridas. Ni va a alcanzar al menos en los próximos tres años, porque nada hará que el presidente modifique un ápice su idea de cómo abordar este problema.

PD.- Antonio de la Cruz, periodista asesinado en Tamaulipas no cubría, de manera preponderante, asuntos relacionados con el crimen organizado, aunque eventualmente tocaba temas de nota roja. Sus fuentes principales estaban en el sector agropecuario y en asuntos alusivos al medio ambiente.

Mantenía una línea crítica hacia el gobierno estatal de Francisco Javier García Cabeza de Vaca, y más condescendiente hacia el gobierno federal.

Pero más allá de las disputas y los alegatos sobre las competencias de los respectivos ámbitos de gobierno, que parecen buscar deslindes anticipados, el hecho cierto es que con Antonio de la Cruz la lista de periodistas asesinados en México tan solo este año suma doce. Y contando…

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