Estirando la liga

El 19 de noviembre de 2018, las imágenes que dieron vuelta al país fueron las de la convención nacional del PRD, donde se eligió una nueva dirigencia a punta de madrazos: hubo barricadas, sillazos, mentadas…

Para esas fechas el partido del Sol Azteca no era ni la sombra de lo que fue. De haber estado en la antesala de la presidencia de la República llevando como candidato en dos ocasiones a Cuauhtémoc Cárdenas y en dos más a Andrés Manuel López Obrador; después de haber gobernado el Distrito Federal consecutivamente desde 1997 y de gobernar varios estados, en 2018 el PRD estaba ya en los puros huesos.

Cuatro años antes un éxodo masivo de dirigentes, militantes y simpatizantes se fueron siguiendo a Andrés Manuel López Obrador en la fundación de su partido, Morena, que supo articular en torno a sí a un amplio movimiento social variopinto que en 2018 ganó la presidencia de la República, la mayoría en el Congreso de la Unión y sus primeras cinco gubernaturas: Ciudad de México, Morelos, Chiapas, Tabasco y Veracruz.

Difícilmente habrá en el mundo un partido que a cuatro años de fundado registre un crecimiento similar. Y eso pudo lograrse por varias razones: la severa erosión de los partidos hasta entonces gobernantes (PRI, PAN y en buena medida el PRD); el liderazgo de López Obrador y su capacidad para convocar e incluir en su movimiento a fuerzas que en procesos anteriores había despreciado.

Así llegaron a Morena priistas y panistas; sindicalistas magisteriales, mineros, del sector salud; organizaciones campesinas, estudiantiles, intelectuales y académicos, entre otros, incluyendo a las tribus perredistas con sus viejas rencillas y sus métodos para dirimir diferencias, intactas.

Eso, que en su momento fue la principal fortaleza para apuntalar su crecimiento es también, como se está viendo por estos días, una seria debilidad del partido-movimiento.

Las imágenes que circularon el fin de semana a propósito de las votaciones para elegir consejeros nacionales superan con mucho las de aquel congreso nacional perredista de los sillazos: aquí además de sillazos hubo quema y robo de urnas; destrucción de vallas, golpes y empujones, detenciones y, como telón de fondo una descarada coacción del voto, uso de recursos públicos y programas sociales, así como inducción y manipulación del sufragios. En varias asambleas se entregaron las boletas electorales con los nombres de los candidatos impresos en un papel engrapado a las mismas. Fluyó el acarreo y la compra de votos.

Pero aunque coincidan en los sillazos, la diferencia entre aquel PRD de 2018 con Morena 2022 es abismal. Los del Sol Azteca se disputaron a madrazos los rescoldos de un partido en caída libre, mientras que los de Morena se están disputando nada menos que los espacios en el Congreso Nacional, en las dirigencias estatales y en la nacional, todas ellas posiciones clave rumbo a la definición de candidaturas en 2024, de un partido que marcha a tambor batiente rumbo a la presidencia de la República.

Suele decirse que el nivel de conflicto es directamente proporcional a la posibilidad de acceder al poder. Es el caso.

Si bien en Sonora no hubo eventos violentos notables ni generalizados, sino menores y aislados, fue evidente el acarreo, la compra de votos, su canje por despensas y la ya muy socorrida coacción hacia los beneficiarios de programas sociales del gobierno. Los gobiernos municipales de Morena no guardaron ni un mínimo respetillo por las formas.

¿Tenía necesidad Morena de enseñar el cobre de esas prácticas tan vituperadas por ellos mismos no hace mucho? Cualquiera diría que no, pero no cualquiera está en medio de la salvaje disputa por el poder ni se está jugando en ello su vigencia política y/o en la nómina.

Por cierto, ¿saben cuál es una de las funciones que tendrán a su cargo cada uno de los consejeros y consejeras electas el fin de semana? Cheque nomás, estupefacta lectora, clientelar lector:Combatir toda forma de coacción, presión o manipulación en los procesos electorales y defender activamente el voto libre y auténtico.

No se ría, que es en serio, como seria es la advertencia del dirigente nacional Mario Delgado en el sentido de que se anularían las elecciones en aquellos casos en los que se demuestre que hubo acarreo, compra y/o coacción del voto.

II

Las elecciones internas del fin de semana reavivaron el fuego de las disputas entre corrientes morenistas y varios de sus personeros tuvieron roces y enfrentamientos en redes sociales, sin embargo no parece que vaya a suceder nada que modifique los resultados sustancialmente.

La estructura del partido es fuerte; sus dirigentes tienen poder, mucho dinero y el respaldo del presidente.

¿Costo político? Es muy relativo. El partido está en una etapa en la que desde la cima del poder puede darse esos y otros lujos. Dicen que las comparaciones son odiosas pero sí se parece mucho al PRI de sus años más gloriosos: la disidencia interna puede ser fácilmente contenida o aplastada y la maledicencia externa despreciada, a sabiendas de que esas críticas, en tanto no se traduzcan en un peligro real para la continuidad del proyecto obradorista, son irrelevantes. O como dijera Salinas del PRD: ni los veo ni los oigo.

Por otro lado, independientemente de los métodos, Morena volvió a demostrar que es el único partido capaz de movilizar a millones de personas en todo el país en torno a sus convocatorias. Si son pocas o son muchas esas personas, es lo de menos: son suficientes para superar a la oposición, que sigue pasmada. Despotricando, pero pasmada.

Lo cierto también es que nadie escarmienta en cabeza ajena. A querer y no, exhibirse como un partido que desprecia la legalidad, que abusa del poder y que fanfarronea con ello, a la larga va minando sus consensos tanto hacia dentro como hacia afuera.

Hasta ahora, según sus cálculos pueden seguir estirando la liga del desencanto, confiando en que, sin oposición seria al frente y con todo el aparato de Estado a su favor, resistirá eternamente. Como lo pensaba el PRI, pues, y ya ven lo que pasó.

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